La tarde rendía un homenaje a las horas lentas que se refugiaban en la lectura. Bajo el cerezo del jardín, las promesas y los sueños eran invitados a una coreografía de luces tintineantes que llegaban desde Gijón. Los rincones de plantas y flores, de limoneros y madreselvas eran amantes cercanos que contemplaban tras los ventanales la danza que el fuego de la chimenea proyectaba sobre el salón.
Durante aquella tarde de otoño, Gijón (a tan sólo 10 minutos), se había descubierto como una ciudad tranquila y dinámica, donde el mar y el pensamiento nos guiaban por las estrechas callejuelas del casco viejo, por las populares sidrerías y entre las galerías del regocijo.
El Torreón se convertía en el lugar del descanso y recogimiento, del gozo y de la contemplación. Su porche cubierto sobre el jardín, se iluminaba con las velas mientras disponíamos la cena. Después de dos horas…
Yo estuve alli en abril y es una casa preciosa gande con unas vistas increibles,en una zona tranquilisima sin un ruido, cerca de gijon es uno de los mejores sitios en los que he estado.
Seguro que repetire!