EL VALLE DE BAZTÁN: LA NAVARRA MÁGICA

Cuando uno lee la Trilogía del Baztán, la serie de novela negra de la escritora Dolores Redondo, podría imaginar que ese territorio entre encantado y atávico en el que se desenvuelven los personajes es una recreación literaria. Pero no. El Baztán existe. Y es aún casi, casi como Redondo lo pinta en sus novelas: mágico, brumoso, apegado a las tradiciones y marcado por la mitología de la montaña pirenaica. Caminas por Elizondo o por los bosques de Bértiz y te crees que te va a salir el basajaun en cualquier esquina.

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Encajado entre el puerto de Velate y la cordillera pirenaica, el Baztán, el valle más extenso de Navarra, es también uno de los paisajes más bucólicos y bien conservados de toda la comunidad foral. Un escenario de prados verdes y cuadriculados, caseríos de piedra y bosques de frondosas que parecer sacado de un cuento de Pío Baroja.


Justo a la entrada del valle, en Oronoz, se encuentra una de las reservas naturales más apreciadas de Navarra, el señorío de Bértiz: un parque natural en torno a 2.000 hectáreas de bosque autóctono de un altísimo grado de conservación que pertenecieron desde finales del siglo XIV a la familia de los Bértiz. El último propietario lo donó a la Iglesia y más tarde el Gobierno navarro asumió su gestión para habilitarlo como un gran espacio verde, representativo de la mejor flora y fauna pirenaica navarra.




Seguimos por la N-121 B hasta encontrarnos con Elizondo, la capital del Baztán. Pese a ser la población de mayor tamaño del valle, Elizondo conserva el encanto de las casonas tradicionales navarras, las calles empedradas y un ambiente tranquilo y reposado de aldea.

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A ambos lados de la carretera se alzan grandes casonas de piedra rojiza y gran envergadura, que hablan de la bonanza que atravesó el pueblo en los siglos XVIII y XIX, sobre todo por el dinero que traían los indianos. Hay muchos palacetes y casas nobles en Elizondo, como el que hoy alberga el Ayuntamiento del valle, el palacio de Datue o la casa del Virrey. Pero el más famoso de todos es el de casa de Arizkunenea, edificio barroco del siglo XVIII conocido todavía como el palacio de los Gobernadores que perteneció a Miguel de Arizcun, un personaje influyente en la época de Felipe V.


Es hora de internarnos en el corazón del valle. Seguimos la carretera en dirección norte, hacia Francia. A ambos lados se despliega un escenario casi perfecto de prados verdes, caseríos y pequeños bosques de frondosas. No hay un centímetro cuadrado desaprovechado o de una tonalidad diferente a la verde.

 
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Los caseríos navarros de dos plantas y cubierta a dos aguas que vemos salpicando el paisaje, los etxe, son mucho más que una vivienda. En la tradición euskaldun, el etxe es la más elevada expresión del vínculo familiar, una institución con vida propia que determina el carácter y las tradiciones de sus habitantes. Las casas tienen nombre propio y son los individuos los que pertenecen a ella, y no al revés. Son unidades de producción, con sus huertas, sus prados y su ganado, además del archivo histórico de la memoria familiar. Por eso la ley foral contemplaba que el etxe lo heredara completo el hijo mayor, en detrimento de los siguientes, para que la residencia familiar se perpetúa sin cambios por generaciones. En Amaiur podemos ver buenos ejemplos de esta casa tradicional navarra, en un entorno urbano casi intacto y muy bien conservado al que se accede por un pequeño arco. Cada 15 de agosto se celebra en el pueblo un concurso de perro pastor de gran fama.



El puerto de Otsondo, otro buen mirador sobre el Baztán, nos lleva a la frontera con Francia. Allí está Zugarramurdi -nuestro final de viaje- una pequeña y encantadora localidad que se ha hecho famosa por sus cuevas, centro de akelarres y ritos de brujería en época medieval.

 
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La cueva de Zugarramurdi es un complejo kárstico horadado por la Regata del Infierno, un arroyo que cruza bajo la bóveda de la cavidad principal, en la que la tradición sitúa el altar de los akelarres.


En 1610, el inquisidor Juan del Valle inculpó de prácticas brujeriles a más de 300 personas del valle, de las que 40 fueron encarceladas en Logroño. Tras un largo proceso inquisitorial siete de ellas fueron quemadas en la hoguera junto a otros cinco muñecos de paja que representaban a otros tantos inculpados que tuvieron la suerte de morir antes en la cárcel debido a las malas condiciones del encarcelamiento, por lo que según el auto dictado, fueron “reconciliadas en efigie”.


Hoy las cuevas son parte inexcusable de la magia y el misterio que envuelven a cualquier ruta por el Baztán.

 


 


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Paco Nadal, es periodista de viajes, escritor, director de documentales y fotógrafo. Pero sobre todo es alguien que ha hecho del viaje una forma de vida. Colabora asiduamente con El País y con la Cadena SER.
Experto Rural